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Alberto Mesa Orensanz

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February 14

CONCIERTOS PERDIDOS (o "Jay, ¿por qué no te conocí antes?")

Leyendo el Blog de Carlitos, y viendo lo bien que se lo pasó en el concierto de los Depeche, me doy cuenta de que en mi vida he ido a muy pocos conciertos, y creo conocer el motivo. La mayoría de músicos o bandas que me gustan lo suficiente para pagar los abusivos precios de un concierto en Barcelona ya no hacen conciertos. ¿Triste? Quizás sí, pero no puedo evitarlo. Mi gusto musical es tan ecléctico y freak como yo mismo.

A ver, si tengo que contar los conciertos a los que he ido, creo que acabaría bastante pronto. En el año 99, mi hermano ganó un concurso del programa de radio La taberna del llop y nos fuimos, con todos los gastos pagados, al Festimad, en Móstoles (sí, donde las Supremas). El cartel era bastante desconocido para mí, pero aún así pudimos ver un puñado de conciertos, algunos muy buenos (Metallica, me gusten más o menos, tienen una puesta en escena espectacular), otros más reguleros (Skunk Anansie, estábamos en la quinta ostia) y otros bastante  brasa (Macaco, un coleguita de Manu Chao, pero bastante más pesao). La cosa no estuvo mal del todo, lo pasamos bastante bien, lo de estar todo el día tirado en el césped rodeado de hippies, piji-hippies y “alternativos” no es que me apasione demasiado, pero total, un día es un día (aunque en este caso fueran tres), y además... era gratis!!!!! La cosa hubiera acabado bastante bien si, en el concierto de los Black Crowes (grupillo yanqui que pasó a la historia sin pena ni gloria, por lo que yo sé) no me hubiesen robado la cartera con 15.000 pelas, una fortunaza para un chaval de 18 años!!!!!!!

Después de esto, mi cuota de conciertos se redujo prácticamente a cero, y, aparte del concierto de Diana Krall en el Auditori hace un año y medio (memorable, el constipado que tenía le daba ese tono de cazalla que tan bien va para el blues), me he limitado a ir a conciertos de amigos y conocidos (todos conocemos a algún músico) y a ver a bandas desconocidas tocar en bares y locales pequeños, y la verdad es que no he quedado decepcionado casi nunca. En lo que respecta a coleguitas, he disfrutado como nunca las veces que he visto tocar a mi amigo Álex con las bandas en las que ha estado (que son unas cuantas, todas distintas y fantásticas), pude ver un solo de batería de mi amigo Azkue gracias a que al guitarra de su banda de Trash Metal (o algo así) se le rompieran dos cuerdas de su guitarra en el frenesí, y he escuchado la mejor versión de Blitkreig Bop, de los Ramones, dedicada al enorme e inimitable Albert Feijoo.

En el apartado de cantautores, vi a Merrick hace un tiempo, y fue una velada bastante emotiva (de masajitos mutuos), y, aunque nunca encima de un escenario y sí bastantes veces en el bar o los patios de la universidad, he tenido la oportunidad de escuchar al gran Jordi Mora.

Después, entre pinta y pinta de cerveza, Kesh, una y otra vez, en el Michael Collins, gritando versiones de U2 y cantando el mítico Wild Rover  entre el delirio del respetable (por decirlo de alguna manera); muchas noches en el Michael, hasta que al dueño, alias Giuseppe Conlon, se le fuera la chaveta y empezara a subir el precio de las pintas hasta precios estratosféricos (¿cómo se emborracha uno si cada pinta vale 4’50€?) Y no nos olvidemos a todos esos excelentes músicos anónimos que te puedes encontrar en cualquier bar de Irlanda.

Luego vino Bristol, y debo decir que allí, en un año, escuché más música en directo que en  toda mi vida. Fat Man Swings y The Bones, en el Prom, el pub de delante de mi casa, en el que había un banda cada noche (con abrir la ventana y pegar un poco el oído sabia si valía la pena cruzar la calle a tomar una pinta de Smiles), y el mejor jazz y blues de todos los tiempos en el mejor pub de todos los tiempos, el Old Duke, una minúscula taberna, llena siempre hasta los topes, más de cincuentones que de veinteañeros. Las bandas (The Severn Jazz Men, Keith Little’s Hot Six, Pete Martin’s Kings, largo etcétera) que tocaban allí solían estar compuestas por auténticos fieras del jazz y el blues, casi todos (como el público) de cincuenta años para arriba, pero capaces, por ejemplo, de hacer un frenético solo de batería de más de diez minutos (verídico, pensaba que al abuelete le iba a estallar la cabeza de lo colorado que se puso).

Y creo que más o menos esos son todos los conciertos (o recitales, si creéis que la música en los bares no cuenta como concierto). Me hubiera gustado ir a muchos más conciertos, pero me parece que mi gusto musical va con unos veinte o treinta años de retraso. Como he dicho antes, casi todos los músicos que me gustan ya no hacen conciertos. Algunos de los grupos se han disuelto, pero en la mayoría de los casos la principal desventaja es que esos músicos ya han muerto. Podéis llamarlo necrofilia musical, pero más o menos el ochenta –no, eso sería exagerar un poco, digamos el setenta o sesenta- por ciento de los músicos que me gustan llevan ya unos cuantos añitos dando de comer a los gusanos.

Resulta curioso pensar que si hubiera nacido unos treinta o cuarenta años antes (y si hubiera nacido en América o el Reino Unido, claro), habría podido estar en todos los conciertos en los que siempre he deseado haber estado.

Habría podido escuchar a Chuck Berry, rodeado de jovencitas americanas (blancas, por supuesto), que no se daban cuenta de que aquello que estaban escuchando (música negra ligeramente maquillada para que fuera digerible para aquellos blanquitos) iba a cambiar el mundo para siempre. Unos años después, hubiera podido ir al programa de Ed Sullivan a ver a los Beatles, rodeado –probablemente- por las hijas de las jovencitas que gritaban de histeria con el viejo Chuck.

Habría visto como el gran Ottis Redding robaba el protagonismo a un montón de bandas hippies y enmudecía a decenas de miles de hijos de las flores, con una interpretación, que aún pone los pelos de punta, de I’ve Been Loving You To Long, en el festival de Monterrey del 67, o ver a como Joe Cocker, absolutamente borracho y de ácido y anfetaminas hasta las cejas, interpretaba la mejor versión jamás hecha de With a Little Help of my Friends.

Habría podido estar en Londres en los años sesenta, y pasarme por el Marquee a ver como John Mayal se convertía en una leyenda del Blues, como Jeff Beck demostraba a todos que era el Mozart de la guitarra eléctrica, como los Rolling Stones hacían sus primeros pinitos en un escenario, y a la salida pasarme por el Royal Albert Hall a ver a Eric Clapton y su superbanda Cream (aunque no se si esta era ya en los setenta).

En los setenta, sin embargo, habría presenciado el nacimiento del Heavy Metal en un concierto de Led Zeppelin, o me habría quedado flipado con lo que Bowie hacía con sus pintas, y con los espectaculares y superfreaks disfraces de los Kiss o Alice Cooper. Me hubiera podido romper las gafas saltando y agitándome como un loco en uno de los conciertos ultrarrápidos de los Ramones (parece que ya hace bastante tiempo que no se muere ningún integrante, toquemos madera).

¡Habría podido ir a Las Vegas a ver a Elvis! En este punto tengo mis dudas, sin duda me habría gustado ver a Elvis, pero no estoy seguro si me quedo con la etapa de joven, cuando era más rockabilly, o con la del final, cuando era entrañablemente patético, pero seguía siendo el Rey.

Y si tengo que elegir el concierto que más lamento haberme perdido, éste no sería otro que el del enorme, el inimitable, e inigualable SCREAMIN’ JAY HAWKINS. La mayoría de vosotros os preguntaréis “¿quién?”, pero los que sepáis quien es entenderéis (espero) que lo coloque en el número uno de esta infame lista de “conciertos a los que me hubiera gustado ir pero a los que ya nunca podré ir”. Sólo puedo decir que fue un tipo fascinante, y sus shows en directo eran demoledores. Algunos decían que cantaba como si se estuviera comiendo a alguien, y su biografía no se queda atrás de ninguna de la de cualquier estrella de la música más conocida: abandonado al nacer, adoptado por una familia de indios Pies Negros, prisionero de guerra en el Pacífico durante la segunda guerra mundial, boxeador durante una temporada, compositor de un tema llamado Constipation Blues (blues de la diarrea!!!!!), telonero de los Stones en los ochenta, presumía tener entre 57 y 75 hijos (37 ya son reconocidos)... también fue actor, y puede que lo recordéis: era el compañero de Javier Bardem en Perdita Durango.

Me fastidia mucho no poder haber visto ninguno de sus conciertos, ya que en este caso no hubiera hecho falta que naciera veinte o treinta años antes; hubiera bastado con conocerlo dos o tres años antes. Screamin’ Jay Hawkins estuvo en España en  el año 98, en el festival de Jazz de Getxo, y murió en Francia en el año 2000. Yo lo descubrí a finales de ese mismo año escuchando su canción Hong Kong en la banda sonora de la película Smoke. Una pena. Realmente es un gran músico, bajaros algo y veréis (Alligator Wine  o Don’t You Love Me No More, de mis favoritas, o las memorables versiones de Stand by Me o I Shot the Sheriff).

En definitiva, que hay muchos conciertos que se que me quedaré con las ganas de ver: Mississippi John Hurt, Howlin’ Wolf, Louis Armstrong, Albert King, Muddy Waters, Freddie King, Ray Charles, Johnny Cash (las dos pelis están bastante bien, os las recomiendo), Sam & Dave, The Who, The Animals, Pink Floyd (puede que algún día se lleven lo bastante bien como para volver a tocar juntos) Deep Purple (idem), Queen (aunque con George Michael en vez de Freddie suena bastante bien), Monty Python (no son una banda de rock en el sentido estricto, pero sus shows en vivo eran iguales o mejores que cualquie concierto de rock, y también había canciones), Credence, Adriano Celentano (hey, a ese aún le puedo ver...) Dexys Midnight Runners, los Petersellers... la lista es bastante larga, y seguro que me dejo alguno.

Estoy convencido que todos tenemos algún concierto perdido. Estos son los míos; ¿Cuáles son los vuestros?

 

Un abrazo a todos.

 

PD: ya lo sé, soy un freak...

 

February 13

Intermedio...

Estoy preparando una entrada nueva para el blog, pero no acabo de darle forma, espero colgarlo en los próximos días. Mientras tanto, tomaos una birra a mi salud.
February 07

PARECIDO RAZONABLE

Aún a riesgo de que se me eche encima la jihad islamica o al fatah, y copiándole un poco la sección al Fotogramas, ¿soy yo sólo, o vosotros también creeis que el presidente de Iran, Mahmud Ahmadinejad, se parece un poco a Jean-Paul Belmondo?
February 06

UN POCO DE FICCIÓN

Estos últimos días me encuentro algo escaso de inspiración, así que para contentar a aquellos que reclamais que actualize un poco el blog (lo siento, ya se que han pasado bastante tiempo desde la última entrada), aquí teneis un cuento que escribí hace unos años. Cuando lo escribí me pareció que estaba bastante bién, ya me direis vosotros que os parece.
 
 
CORMORAC CARNAHAN
 
No sería arriesgado asegurar que Cormorac Carnahan era la persona más detestada de Seagull’s View. No había alma viviente en el pequeño pueblo pesquero a la que no le cayera mal este singular individuo, aunque “caer mal” es un término quizás demasiado suave para definir lo que la gente de aquel lugar sentía por él. Cormorac llegó a Seagull’s View cuando tenía tan sólo doce años, acompañado de sus padres. El hecho que éstos tuvieran una edad bastante avanzada (setenta años él y sesenta y tres ella) hizo que la semilla de la desconfianza hacia la familia de Cormorac estuviera plantada desde el momento en que pisaron el pueblo. Nadie creía que Cormorac fuera hijo de los ancianos, y se sospechaba que el pequeño había sido recogido de entre los cubos de basura de una de las muchas casas de citas del sur, de donde venía la familia. Otras teorías, más controvertidas y sólo compartidas por los más zalameros del pueblo, decían que Cormorac no era el hijo de los viejos, sino su nieto, hijo de una de las hijas de la pareja y fruto de una relación tan tempestuosa y antinatural que nadie se atrevía a hablar de ella (aunque, si quisieran, todos podrían recitarla de memoria.)
En cuanto al resto de la familia de Cormorac, se decía que tenía una hermana mayor en Saltcrop Creek, un cruce de caminos cincuenta kilómetros al este, en donde se juntaba toda la chusma de la región. Dada la naturaleza y la fama del lugar, no era difícil deducir cual era el empleo de la mujer. Esta sospecha nunca pudo ser comprobada, ya que nadie de Seagull’s View había pisado jamás ese lugar, y preguntárselo al propio Carnahan hubiera sido tan inútil como peligroso. Nadie en el pueblo había conseguido mantener con él una conversación de más de cinco minutos sin acabar discutiendo o marchándose indignado por sus increíbles groserías e impertinencias.
*******
Cormorac se ganaba la vida pescando, principalmente langostas, en una pequeña cala a diez minutos a pie del pueblo. Allí es donde vivía, en una cabaña de la que sólo salía cuando iba a vender su pesca, o cuando tenía ganas de encararse con alguien (cosa que sucedía bastante a menudo.) Todo el mundo sabía que las langostas de Cormorac eran las mejores de la región, pero los habitantes de Seagull’s View sabían esto por boca de otros. Durante mucho tiempo Cormorac no vendió ni una sola de sus langostas en el pueblo. Por un lado, la mayoría no quería saber nada de lo que vendiera ese individuo, y los que sí estaban dispuestos a comprárselas se encontraban con la maleducada respuesta de Carnahan, que decía que jamás vendería sus langostas a ninguno de los muertos de hambre con paladar de esparto de ese pueblo. Así pues, Cormorac tenía que ir a los pueblos vecinos a vender su género. Pero, como su carácter no era demasiado proclive a mantener buenas relaciones con sus clientes, tenía que irse cada vez más lejos, hasta algún lugar donde aún no le conocieran y estuvieran dispuestos a comprarle algo. Llegó un momento en el que tenía que hacer un viaje de tres días para encontrar un pueblo en el que compraran sus langostas (o en el que él quisiera venderlas). Ni que decir tiene que esos días que Cormorac pasaba fuera eran los únicos en los que la gente de Seagull’s View podía estar tranquila. Se decía que, por su culpa, en la región no se comió una sola buena langosta en los años que Cormorac vivió.
*******
Cormorac era sin duda la persona más odiada de toda la región. Si hubiera vivido en otro lugar, un sitio en el que no reinara el buen talante y la infinita paciencia de la gente de Seagull’s View, habría sido asesinado en poco tiempo. Y es que a nadie le faltaban razones para detestar a Cormorac.
Orville, el tabernero, por ejemplo. Si Cormorac Carnahan hubiera sido diferente, sin duda habría sido su  mejor cliente, por que no había nadie en el mundo que bebiera más que él. Orville podría haber mantenido holgadamente su negocio dando de beber sólo a Carnahan, y así había sido durante un tiempo. Cuando Orville aún dejaba que Cormorac fuera a su local, no había nadie más que se atreviera a entrar. La posibilidad de tener que enfrentarse a un Cormorac Carnahan borracho hacía que todos los hombres, incluso los más aficionadas a acodarse en la barra, se quedaran en sus casas. Esto no preocupaba a Orville, ya que Cormorac era capaz de beber lo de veinte hombres en una sola hora. Pero cuando Cormorac golpeó a una de las hijas de Orville, que le había dicho que no quedaba más cerveza, al tabernero no le quedó más remedio que decirle que no volviera más. Aunque la nariz de su hija no volvió a ser la misma, Orville respiró tranquilo cuando le vio salir por la puerta. Orville quedó sorprendido por cómo se lo tomó Cormorac: levantó a la chica del suelo, terminó su jarra de un trago y se marcho sin decir una palabra. Pero más sorprendido se quedó cuando se levantó en plena noche y tuvo que salir por pies para no arder con su taberna. Por supuesto, no había nada que señalara a Cormorac como culpable, pero nadie dudaba que había sido él.
Hasta los niños, que tienden a ser confiados por naturaleza, tenían motivos para odiar y temer a Cormorac Carnahan. Por culpa de Cormorac, su campo de juegos quedaba sensiblemente reducido. Por extraño que pueda parecer en un pescador, a Cormorac no le gustaba el pescado, y solía sembrar el campo de trampas para animales. Aunque por aquella zona sólo había conejos y otros animales de pequeño tamaño, Cormorac usaba unas trampas enormes, más propias de la caza de osos o de lobos. Cuando un conejo caía en una de esas trampas –cosa que pasaba bastante a menudo, por que en algunos lugares había trampas a cada diez pasos- quedaba tan destrozado que todos se preguntaban como se lo podía comer. Muchos de los perros de los niños cayeron en las trampas de Cormorac. La mayoría murieron, y los que no, durante el resto de sus tristes vidas arrastraron sus muñones por los empedrados portales de las casas, de donde ya nunca se alejaban. La suerte quiso que ninguna persona, niño o adulto, cayera nunca en las trampas. Muchas veces le dijeron a Cormorac que no las usara, o que las usara más pequeñas, pero él nunca hizo caso. Aún hoy, mucho tiempo después, queda alguna de esas trampas, oxidada, cubierta de musgo y hierba, pero lista para machacar algún conejo o seccionarle el pie a algún incauto.
Tampoco podían los niños jugar tranquilos en las playas, ya que entre la arena se podían encontrar infinidad de anzuelos que Cormorac había perdido allí. Cuando un padre iba a casa de Cormorac a enseñarle el agujero que el anzuelo había hecho en el pie de su hijo, él contestaba que su memoria era muy mala, y que siempre se los olvidaba. Además, decía que si los niños no anduvieran descalzos por todas por todas no pisarían ningún anzuelo. Todos sabían que era cierto que Cormorac los olvidaba... a propósito.
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Las mujeres de Seagull’s View, además de detestar a Cormorac, le temían como al mismísimo diablo. Cormorac mantuvo relaciones con muy pocas mujeres en el pueblo, pero las historias de sus correrías con mujeres de la vida, fuera del pueblo, estaban en boca de todos. Las madres veían en él una amenaza andante para la virginidad de sus hijas, y las jovencitas no querían tener nada que ver con el que las espiaba desde las esquinas en las noches de verano que salían a pasear.
Pero ese no era el único motivo por el que las mujeres de Seagull’s View temían a Carnahan. El motivo principal era Sally Tanegh, más conocida como La Cara Sucia. Sally era el vivo ejemplo del peligro que corría una mujer al lado de Cormorac Carnahan. Lo suyo con Cormorac duró poco porque, como era habitual, él quiso que la cosas fueran demasiado rápido. Nadie habría sabido nunca las barbaridades que Cormorac había hecho con Sally. Ella, avergonzada y arrepentida, nunca se lo habría contado a nadie. Fue Cormorac, furioso por haber sido rechazado, el que se lo contó a todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Desde entonces, Sally fue una persona por la que se podía sentir lástima, pero no piedad. Los del pueblo decían, y de ahí su apodo, que por mucho que se lavara la cara –y lo hacia decenas de veces desde que dejó a Carnahan- nunca más volvería a estar limpia después de lo que había hecho. Se consolaban pensando que, al menos, no nacería nada de aquella unión.
A Cormorac no le importaba que la gente supiera lo que habían hecho Sally y él. Estaba acostumbrado al desprecio de la gente, y hasta parecía que sentirse orgulloso. Pero Sally no. Sally vivió el resto de su vida arrinconada, sola en una casa de la que apenas salía. En los últimos años de su vida, la vergüenza por lo que había hecho (o, más bien, lo que Carnahan le había hecho) se tornó en locura. Sally salía a la calle cubierta de pies a cabeza, con un velo negro ocultándole la cara. Los chicos mayores, para asustar a los más pequeños, contaban que tras el velo estaba la puerta del infierno, y que si Sally te miraba sin él, arrastraba tu alma a las profundidades o te volvía loco para siempre. Cuando los pequeños preguntaban como podía hacer eso, los grandes contestaban que Sally se había acostado con el demonio y que él le había dado ese poder. Lo cierto es que esta explicación no se alejaba mucho de la realidad.
TODO el mundo odiaba a Carnahan. Hay pocas personas en este mundo capaces de ganarse la enemistad de tanta gente en tan poco tiempo, ni siquiera los dictadores o los tiranos. Lo de Carnahan no era una cuestión de ideología, ni de política, ni de personalidad difícil. Lo de Carnahan parecía más bien un reto personal. Parecía que se había propuesto ser detestado por todo ser viviente y que lo había conseguido con creces.
 
No hace falta decir que el día que murió Cormorac Carnahan nadie lo lamentó lo más mínimo. Ni el mismo Cormorac lo esperaba. Aquel que no sintió pena ni misericordia por nadie no la esperaba para él. El día en que murió hacía un año que no se le veía por el pueblo. Tanto tiempo había pasado sin que les molestara que pensaban que ya había muerto, pero nadie se atrevía a acercarse a su cabaña para comprobarlo.
Ese día llegó al pueblo tambaleándose. Era domingo, y cuando la gente del pueblo salió de la iglesia se lo encontraron fuera esperando. Había intentado visitar a Sally. No la había encontrado en casa, por lo que pensó que estaría en la iglesia. Carnahan no sabía que Sally había muerto un par de meses antes. Al no ver a Sally allí, Cormorac se dirigió a Woodrow Tucker, el carpintero, que le debía un dinero desde hacía mucho tiempo, y insistió bruscamente en que se lo pagara. Woodrow le pagó, y en cuanto tuvo el dinero en las manos, Cormorac se acercó al pozo de la iglesia y lo arrojó dentro. Luego, caminó hasta el centro de la plaza, miró fijamente a todos los que estaban allí y cayo muerto.
Aún después de muerto, Carnahan siguió causando problemas. El entierro fue complicado, ya que Carnahan no había familiares (y menos aun amigos) a los que acudir para que costearan el entierro. Cuando finalmente la iglesia aceptó hacerse cargo de todo, principalmente por que el cuerpo ya empezaba a oler en el sótano de la parroquia, nadie en el pueblo quería que enterraran a aquel hombre junto a sus seres queridos. Si los padres de Carnahan hubieran estado enterrados en el cementerio de Seagull’s View, le habrían enterrado junto a ellos, pero cuando murieron Cormorac los arrojó al mar desde su barca, cerca de sus caladeros (las malas lenguas decían que aquel era el secreto de la calidad de sus langostas.) Finalmente fue enterrado lo más lejos posible del resto de las tumbas. Nadie fue al entierro, ni siquiera el cura, que dio una mala excusa que a nadie importó si era cierta o falsa. Sobre la tumba, una sencilla lápida en la que se leía “C. Carnahan”, que no tardó en desaparecer bajo el musgo y las malas hierbas.
Tras años de hacerle la vida imposible a los demás, la suya se había extinguido. Cormorac Carnahan por fin descansó en paz, y la gente de Seagull’s View también.
 
 
January 27

No hagais esto en casa, chicos

Acabo de terminar de  hacer la comida. Esto puede parecer algo trivial, una tarea fácil, pero creedme, no ha sido así. No resulta fácil moverse por una angosta cocina cuando llevas colgando de tu pierna izquierda una cantidad indeterminada pero considerable de yeso. Y cuando además no puedes dejar que ese yeso toque el suelo (porque tu médico, el Doctor Claudio Alfredo Cocco, te ha dejado bien claro que no debes hacerlo hasta dentro de 24 horas), la cosa se pone muy interesante.
Si teneis algo de memoria televisiva de los ochenta, puede que recordeis a que se dedicaba Pepe Viyuela antes de ser Filemón en la película de Javier Fesser o hacer de tendero en la serie Aida. Este hombre se dedicaba a aparecer en galas tipo Noche de Fiesta, con un número muy particular, en el que simplemente tropezaba con sillas y caia al suelo para el regozijo de los espectadores (la silla era perfectamente intercambiable por escaleras plegables o tendederos de ropa, con el mismo jocoso resultado). Todo esto iba acompañado de una sola linea de texto, repetida hasta la saciedad pero que resumía la torpeza del personaje y la estupidez de la situación: "Jooooeeé!!!!". Pues bien, si me pudieras haber visto por un agujerito durante la hora y cuarto que he tardado en cocer un poco de arroz (parte del cual se ha quedado pegado al fondo de la cazuela) y freir unas salchichas con tomate (la honda expansiva del aceite ha llegado hasta un metro más allá de la sartén), sin duda os hubiera recordado a ese simpático personajillo.
No me puedo quejar, a estas horas la comida está hecha, la cocina está en un estado de limpieza semi-practicable y he conseguido no caerme al suelo (aunque he perdido la cuenta de los amagos de vuelco y de las veces que las muletas han besado la lona). Y lo que es más importante de todo: como me ordenó mi ya viejo amigo el Doctor Cocco, el yeso no ha tocado el suelo en ningún momento!!!
January 25

Allà on va, Triomfa!

He aqui una curiosidad que me he encontrado revolviendo entre mis basurillas. Se trata de un posavasos que recogí cuando vivía en Inglaterra.
Para los que pensais que los anuncios de San Miguel no son más que pura patraña, debeis saber que en el Reino Unido también se sirve San Miguel en los bares (y de surtidor, ojo), lo cual no dice mucho del gusto cervecil de los británicos. El contenido de dicho posavasos, lo dejo a vuestro juicio, ya me direis que os parece.
 
 
Un abrazo a todos.
 
 
(Ya sabia yo que esto de la invalidez iba a dar para mucho)
 
 
* Aquí os pongo la traducción de lo que pone en el reverso del posavasos:
Els Castellets
Els Castellets evolucionaron hace muchos siglos a partir
de antiguas danzas tradicionales, los cuales incluían la
construcción de un torre por parte de los propios danzantes.
A lo largo de los años, se intesificó la competición entre los
grupos que la practicaban, hasta que, sin necesidad de la
danza, se contruyeron torres de 7,8 y hasta 9 pisos.
La primera evidencia registrada de un grupo Casteller fue
en la pequeña(?) ciudad de Tarragona, donde en la
actualidad se celebra uno de los muchos festivales de
Castellers de España.
 
January 22

Cosas que puede hacer uno con el pie roto

Como algunos ya sabeis, ayer sufrí un accidente laboral y me hize una de esas lesiones que a veces tienen los futbolistas y que suenan tan terribles (fractura del quinto metatarso del pie izquierdo), pero que para el resto de los mortales no es más que un pie roto. Como tengo para un mes, he estado pensando en una lista de cosas que puede hacer con todo ese tiempo.
 
1.- Pasar el día sentado en el sofá.
Me dispongo a dejar la marca de mis nalgas en lo que a partir de ahora pasará a ser mi territorio exclusivo.
 
2.- Comer sin descanso.
Para dejar la mencionada marca indeleble de mis nalgas, éstas necesitan un cierto peso específico, así que, ¡a engordar!
 
3.- Ver la tele.
Como la buena programación es cada vez más escasa y dispersa, procuraré proveerme de DVD's adecuados (ahora me estoy empapando de La Hora Chanante, lo más friki que ha parido madre en los últimos años, indescriptible.)
 
4.- Leer todos los libros que tengo pendientes.
Creo que con cuatro semanas no tendré suficiente, pero siempre es un buen propósito.
 
 
Por el momento no se me ocurre nada más, si a vosotros os viene algo a la cabeza, estoy abierto a todo tipo de recomendaciones.
 
Un abrazo a todos.
 
 
 
 
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